Nuestra geografía es una de las más bellas del planeta, paisajísticamente somos su abrumadora síntesis, que nos pasa una dolorosa factura de infinidad de culturas muy diversas por siglos aisladas y que, en los pocos lustros de modernidad, no acuerdan viabilizar el desarrollo del país.  Nuestra red de carreteras es infernal y cada día cobra los peajes en sangre y tragedia. Está lejano el día que larguísimos puentes -como en Brasil- reemplacen las culebreras carreteras andinas que cada año se deshacen en el invierno y se rehacen en el verano.

En 1996 se estableció el Sistema Interconectado de Electricidad, que inicialmente tuvo por objetivos garantizar un suministro confiable, facilitar la transferencia entre regiones según la demanda; sin embargo, el costo ambiental es demasiado alto: todas las cordilleras están rasuradas para que pasen las líneas de transmisión y su costo de mantenimiento es absurdo. En escasez de lluvias vienen los cortes que paralizan y aterran. Es vulnerable a los frecuentes terremotos y erupciones volcánicas.

Actualmente este sistema es el mayor freno a la sostenibilidad que brindan las energías renovables como la solar, eólica que son inagotables y las mini hidroeléctricas, que permitirían a muchas poblaciones, “independizarse” de la forzada interconexión y brindar mejores oportunidades de progreso, ya que su sistema tarifario representa la síntesis del subdesarrollo: “el que más consume más paga”, equivalente a la maldición de Malinche: el mismo ecuatoriano reprime el progreso del Ecuador.

Además, el sistema derrocha gratuidades a muchos sujetos improductivos a costa de cobrar a los que sí producen.

Este absurdo, de castigar el crecimiento, de encarecer los productos que más se fabrican o los servicios que más se extienden, de obligar a achicarse o dividirse si realmente se quiere producir, está obsoleto. Es insano.

Necesitamos liberarnos de este yugo que electrocuta el emprendimiento, volver  a la “libertad” para que las poblaciones que tengan los recursos renovables, forjen su propia energía a precios más competitivos y alienten el crecimiento de la industria y sobre todo; del turismo que se achica en la medida que las facturas crecen con absoluta anarquía y con especial violencia contra el que quiere aumentar su oferta, ampliar sus servicios, dotar de agua caliente, iluminar la piscina, extender el horario del SPA; lo que implica más turnos de trabajadores, más empleo que se pierde porque los costos de la energía eléctrica interconectada, despechan a cualquier emprendedor turístico.

Este sistema interconectado que subsidia y alienta la pobreza, el no consuma, no cocine, no caliente agua, camine a oscuras en la noche; es el eslogan de batalla de los enemigos del progreso y crecimiento del Ecuador. Cuando haya desaparecido y “el que más consume menos paga”, habremos encontrado el camino correcto para salir del subdesarrollo.

Publicado en EL COMERCIO.

Guido Calderon

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