Mis profesores nos adoctrinaban sobre las bondades del comunismo chino y el socialismo ruso; recibí muchas clases sobre economía planificada, la decadencia del capitalismo, la necesidad que los obreros sean dueños de las fábricas ya que ellos generaban valor y no el mercado. Libro obligado era “La montaña es algo más que una inmensa estepa verde” del comandante nicaragüense Omar Cabezas, que nos enseñaba a sobrevivir y luchar en las montañas contra el ejército regular.

Obviamente tenía la colección de “Escritos y discurso del Che Guevara”, que limpió la sierra de Escambray en Cuba, poniendo uno tras de otro a varios campesinos para aprovechar la misma bala. Sin el discurso guevarista era imposible convivir en un entorno universitario abarrotado de “compañeros” que, en cada reunión, con trago y música de Carlos Mejía Godoy, se planificaba la toma del poder político por las armas en Ecuador. A la Nicaragua sandinista viajaron compañeros que jamás volvieron. El “Manual del perfecto ateo” de Rius no podía faltar, a pesar de que la mayoría de guerrilleros sandinistas eran creyentes, de hecho, una foto de la época de un joven lanzando una bomba molotov con una mano y un gran crucifijo atado a su cuello, que mostraba la cruz con tanta violencia como el fusil en la otra mano, eliminó la exigencia de ser ateo para ser potencial guerrillero.

La “Teología de la Liberación” fue el emulsionante perfecto que mezcló agua con aceite. Hasta los 80´ socialismo y cristianismo se repelían. Leonardo Boff fue el teólogo que motivó a cientos de curas a mirar la “opción por los pobres” y apoyaron guerras con miles de asesinatos, cuyos huesos hoy son los cimientos del actual gobierno de Daniel Ortega y permitió a otros dictadores hablar en nombre de Dios, robándole ese discurso a los sacerdotes. Su principal seguidor en Ecuador, Monseñor Leónidas Proaño, fue el maestro de una generación de líderes indígenas que formaron una organización política en función de la raza y no del país, que ha adoctrinado a millones de jóvenes en contra del progreso y el odio a la hispanidad.

Mi generación universitaria tiene la vergüenza de soñar con crear otra Cuba a costa de destrucción y sangre; la mayoría de mis compañeros están viejos y pobres, los más palabreros se acomodaron en la docencia universitaria. Jamás emprendieron. Es una generación frustrada, cuyo mortífero modelo del “hombre nuevo” impulsado por el Che, morirá con ellos; pero a diferencia de las actuales generaciones de profesionales universitarios, siempre fueron íntegros con los dineros estatales.

Publicado en El Comercio.

Guido Calderon

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