Por Guido Calderón

Cuando las capitales provinciales de Ecuador se vieron saturadas por los casinos, estos se dirigieron vorazmente hacia los pueblos. Los hoteles de Baños de Agua Santa se convirtieron en el blanco de su insidiosa persuasión, ansiosos por sumergir a nuestros huéspedes en el abismo del juego a cambio de ganancias desmesuradas. Incluso propusieron sociedades, exigiendo que les entregáramos nuestros espacios para construir sus guaridas y aprovechar el flujo turístico que disfrutamos. Pero ninguna puerta se abrió ante estos dudosos tratos, ya que todos somos conscientes de la maldición que traen los casinos.

La adicción al juego se cierne como una sombra nefasta, destrozando la salud mental y desencadenando en muchos ciudadanos una violenta espiral hacia problemas financieros catastróficos. Deudas instantáneas, préstamos impagables, pérdida de propiedades, auge de la criminalidad, el fraude tejiendo su telaraña en cada rincón de la Patria, trastornos del sueño que atormentan el descanso y un impacto social devastador, a medida que las demás adicciones caminan de la mano de los casinos.

La desintegración de la sociedad y de la noción de familia, se convierten en la norma, dejando a los jóvenes atados a deudas que solo pueden pagar mediante actos delictivos. La prostitución, el alcoholismo y la drogadicción se convierten en las compañeras siniestras de este círculo vicioso.

La presencia intimidante de personal armado amedrenta aún más a una sociedad indefensa. El lavado de dinero se entrelaza con la estructura misma de estos antros y los negocios locales son desplazados de ubicaciones céntricas y estratégicas, ante su llegada.

Sí, es cierto que generan trabajo, pero mayormente para aquellos que viven en las sombras, inmersos en formas de vida de alto riesgo.

Incluir a los casinos en una consulta popular destinada a combatir la delincuencia parece más un tiro a la nuca de la consulta, una artimaña para que sea rechazada y así justificar la toma del país por parte de las siniestras bandas criminales. ¿O es un pago anticipado a ciertas mafias para que reemplacen sus actividades delictivas actuales por las siempre lucrativas apuestas?

Podrán argumentar que generan empleo, atraen turistas que serán saqueados, llenan las arcas estatales con más impuestos y aumentan el «entretenimiento» (ya sabemos de qué tipo). Pero al final del día, lo que se llevan supera con creces lo que dejan y es esencialmente el camino para que las mafias laven su dinero y lo reinviertan en turismo, apoderándose de los destinos turísticos y transformándolos en ciudades de vicios y violencia.

Publicado en El Comercio.

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