En las entrañas de un país devastado, con Fuerzas Armadas de casi 70.000 militares y 60.000 policías, hemos descendido a abismos inimaginables. Este cruel calvario revela la sombría verdad: en los oscuros pasillos gubernamentales, judiciales y en los altos mandos, la protección y complicidad firmaron un macabro pacto.

Hace apenas cinco años, los asaltos eran ejecutados con cuchillos, pero vivimos una metamorfosis letal. Hace tres, en las calles resonaban el eco de los revólveres; hace dos, las pistolas se apoderaron de la escena; y desde hace un año, los fusiles numeran los muertos. Pero en un giro sangriento, ahora presenciamos sicariatos con ametralladoras, donde las «víctimas colaterales» se han convertido en un lúgubre lenguaje cotidiano.

El poder de fuego de la delincuencia eclipsa a la desgastada policía, atrapada en las garras de un sistema judicial corrompido que clama por una revolución total. Este sistema, una vez guardián de la justicia, ha sucumbido, transformando a sus servidores en meros asalariados de los narcos.

La vorágine de violencia desdibuja el paisaje turístico de Ecuador, convirtiendo vastas extensiones en tierras prohibidas para las familias que buscan unas vacaciones seguras. La hotelería tradicional se quiebra, mientras las plataformas digitales de hospedaje engordan sus arcas al brindar refugio a los criminales y proveerlos de seguridad, confidencialidad, fiesta y mujeres. El turismo delictivo florece como un parásito gigante, introduciéndose vorazmente en la economía formal.

Las cifras presentadas por el MINTUR al cierre del año son meras sombras de la realidad. La estrategia persistente de inflar, manipular, mentir y publicitar un ficticio #nuevoecuador nos arrastra de nuevo al torbellino de la propaganda socialista. Ministros actuales se deslizan lejos de las mayorías que construyen y sostienen la nación, firmando compromisos con minorías radicales y bulliciosas.

La inseguridad no solo permanece inamovible, sino que se expande con una fuerza exponencial ante un gobierno que parece dar vía libre a la violencia o, peor aún, carece de la más mínima idea de cómo enfrentarla. El #planfenix no es más que una quimera, una sombra efímera que pretende usurpar el noble trabajo de la fiscalía. En este teatro de pesadilla, la desesperación se erige como el protagonista, mientras la esperanza se desvanece en la oscuridad que arropa a nuestro amado país.

Publicado Originalmente en EL COMERCIO.

Guido Calderon

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