Una primera visita a Madeira puede requerir un manual básico para entender cómo moverse, cómo acometer su gastronomía o cómo bañarse en esta isla sin playas.
No es una gran originalidad, pero no deja de ser fascinante: en medio del océano, a una profundidad de miles de kilómetros y hace varios millones de años (que son pocos, por lo visto), estalló un volcán y escupió todo lo que tenía dentro hasta la superficie. Como otras islas, así se formó Madeira. Pero, a diferencia de la mayoría, la virulencia del fenómeno todavía se percibe. Las paredes verticales de sus acantilados basálticos nos lo recuerdan en cada kilómetro que avanzamos por este lugar con 400 microclimas y el mismo número de paisajes distintos, como repiten sus habitantes. La tierra se funde con el mar y el orgullo, con la realidad –normal, porque los escenarios dan pie al elogio.
La composición es sencilla de entender: tenemos un mazacote de piedra relativamente pequeño rodeado de agua. Está forrado de todo tipo de vegetación, cuyo producto estrella es la caña de azúcar, que se bebe en forma de ron. También hay plátanos y frutas como la pitanga, el maracuyá y las uvas, que van a ser la base de una cultura gastronómica caprichosa. Hay montañas, cabos, cascadas y cientos de kilómetros de mar no demasiado accesibles. Ahora hay que ponerlo todo en orden, porque no es fácil entender cómo se puede acometer este lugar.
Madeira por primera vez: instrucciones de uso para conducir
Lo más normal es alquilarse un coche e inmediatamente caer en la primera tentación de la isla, que es tanto una facilidad como una tortura: la carretera VE1, que te vomita de un punto turístico a otro. Por el medio se intercalan kilómetros y kilómetros de túneles, que hacen de la conducción una penuria, porque mientras escuchas un zumbido y ves un tubo negro, sabes que a unos metros de ti se suceden playas rocosas, acantilados, una vegetación tropical, pequeños pueblos.
Por eso, el primer consejo en Madeira es buscar la ya legendaria “carretera vieja”, que en la costa sur todavía se puede utilizar. Por ejemplo, para ir de Funchal a Ponta do Sol o a Madalena do Mar. Conducir despacio, asomándote a los precipicios, bordeando la isla, parando en una tasquinha, en una iglesia. Busca los pueblos entre pueblos. El placer de la ineficiencia. Pierde tiempo y energías, pero repta por esos lugares que no se ven. Es un juego de prueba y error (los navegadores ni contemplan esta ruta), pero te mimetizará con el paisaje. Entonces, sospecho que los madeirenses han construido sus túneles para librarse del turismo y quedarse en exclusiva con lo que hay de por medio.
Lo mismo si quieres pasar del sur al norte de la isla. Arriésgate a ir a través de Encumeada, porque pasarás del Mediterráneo a los Pirineos en cuestión de minutos, para acabar en el Atlántico. Es como cruzar el territorio colonizado hasta terra incógnita. Si no te atreves a hacerlo tú mismo, hay un truco: los tours en 4×4 que te llevan adonde no irías por ti mismo. Confieso que yo descubro esta artimaña con Bravelanders, que acaba ofreciendo la forma de conocer Madeira como se hacía antes de que construyeran su red de túneles; es decir, en 4×4, campo a través y con muchas curvas.
Qué y dónde comer en Madeira
Una vez sabemos movernos, podemos reaprender a comer, a combinar platos de una honestidad primitiva o de mezclas inesperadas. Se puede empezar por el mercado de Funchal que es, de paso, el mejor testigo de la expansión urbanística de la ciudad, a mediados del Siglo XX. La oferta es contraintuitiva, porque Madeira es una isla sin apenas pescado.
La atención se va a las frutas tropicales, las frutas disecadas y las flores. Pero allí nos encontramos también enormes troncos de atún rojo, sangrante y expuesto como trofeos. El más habitual es el llamado peixe espada (que, ojo, es realmente el pez cinto, y no nuestro espada, que en portugués se llama espadarte): un ser de neopreno, parecido a un alien y sin mucho sabor. Quizá por eso se toma rebozado y mezclado con plátano frito o con salsa de maracuyá. Combinación estroboscópica y no precisamente ligera.
Pero el básico de los básicos (o sea, ese tipo de comida que puedes encontrar congelada y de la peor calaña en una gasolinera nocturna o como el más elevado manjar recién horneado en una panadería) es el bolo do caco. Bolo se puede traducir por pan y el caco es la piedra de basalto (dada la tradicional ausencia de hornos) en la que se prepara esta masa divina, que incluye patata dulce y que suele comerse caliente, untada de mantequilla de ajo. Acompañará casi cualquier comida, como me enseña Jacqueline, de Food on foot, durante la entretenidísima combinación de gastronomía, historia y arquitectura que son sus visitas a pie por Funchal.
Otra de las constantes será la pitanga, una fruta local que aparece en forma de helado, mermelada o por sí misma… y que es una de las mejores muestras de por qué Madeira gana enteros como destino gastronómico. Queda claro que hay un océano hasta ese país, Portugal, de gastronomía más bien rígida. En la isla brotan restaurantes que resucitan la peculiar gastronomía local con ideas tan refrescantes como el paisaje. Por ejemplo, en Audax, un jovencísimo Diogo Freitas nos sorprende con lo que él llama, sin pretensiones, “cocina madeirense progresiva”. En cada plato, alguno incluso servido sobre una piedra de basalto, nos encontramos una reinterpretación de todos los ingredientes que la isla produce, incluyendo las pitangas, los cangrejos, los pargos, salsas con la omnipresente poncha (sigue leyendo) y un recorrido nada despreciable por sus vinos dulces.
Estos sabores demuestran que Madeira sabe salirse del obvio estereotipo de turismo activo. A un paso está el Hotel y Casino construido por Oscar Niemeyer, que plantó la semilla de una arquitectura vanguardista en la isla, y que nos pide saltar directamente hasta el MUDAS, el museo de arte contemporáneo de Madeira, que es una pieza de arte en sí mismo.
Paulo David es su arquitecto y fue capaz de potenciar un paisaje que no necesitaba ningún complemento. Las ventanas se abren como cuadros al océano, pero la colección no desmerece y revela la cara más inesperada del Portugal salazarista, con un vanguardismo del siglo XX más propio de Francia. La obra y biografía de Lourdes Castro bien merecen un artículo aparte.
Si cruzamos a la costa norte, se confirman los temores: resulta que Madeira es una isla sin apenas playas, pero con bastante calor. De ahí que los baños acaben siendo en las piscinas marítimas naturales como las de Porto Moniz (que pecan de saturadas) o Seixal, donde hay una de las dos playas de arena. Es decir, uno necesita aprender a bañarse también en este lugar de hermosura poco habitable.
Y para despedirse…
Hasta ahora hemos conducido y deambulado por la parte selvática de la isla, entre cañaverales de azúcar y bananeros… pero según enfilamos el este, el terreno se aplana, la vegetación se despeja y un desierto rocoso se mete en el mar, con forma de reptil descansando. Es el cabo São Lourenço, que también se suele recorrer a pie, pero que algunas compañías ofrecen ver desde el mar, junto a los delfines, las focas y, con suerte, alguna ballena. Con tal compañía, la experiencia gana enteros.
Por cierto, ¿os acordáis del azúcar? Allí cerca, entre los acantilados de Porto da Cruz, se encuentra la histórica fábrica Engenhos do Norte, donde se trata la caña de azúcar para elaborar ron. Un vestigio vivo y accesible del motor industrial de Madeira.
Para la despedida, volvemos al sur, con dos opciones para cenar frente a la puesta de sol; ambas igual de bonitas, pero de distintas pretensiones: una es Trapiche, en Calheta, cuya ensalada de queso fresco y sandía marinada fue un descubrimiento tan alucinante como la vista. Otra, para quien quiera sentirse un poquito más madeirense, es Maktub, en el mirador de Paúl do Mar. Otro libro de instrucciones sería necesario para explicar los cócteles locales que aquí se ofrecen: poncha, Nikita, pie de cabra… todos fuertes, todos refrescantes, todos dulces y todos peligrosos como echarse a nadar en el océano nocturno. Como con la isla, mejor será probar que leer.
Publicado en CONDÉ NAST TRAVELER.







