El discurso revolucionario camufla el robo generalizado y descarado que se da a todo nivel en Venezuela.

Desde la avioneta contemplaba la impecable selva verde y en medio de ella la laguna de Canaima y la sucesión de cascadas por tras de las cuales caminé y viví una experiencia mágica. En días siguientes navegaríamos y llegaríamos hasta Salto Ángel, la cascada más alta del planeta.

Al ingresar al conjunto de cabañas a la orilla de la laguna, se me ocurrió preguntar: ¿Quién construyó esto? Debido al esfuerzo titánico que habría significado edificar todo el complejo habitacional en un sitio donde solo se llega en avioneta. La tajante respuesta fue: “Un ciudadano alemán usufructuó de este recurso de la patria por 23 años, pero ya regresó a su país y ahora esto es del pueblo”. Hoy al Parque Nacional Canaima con bombas de agua a presión le retiran la selva y deshacen las montañas, los mineros ilegales junto al ejército bolivariano.

En los siguientes años -con Chávez aún vivo- que fui invitado a la FITVEN, feria donde se mostraba lo mejor de las maravillosas atracciones geográficas y servicios turísticos de este bello país; me di cuenta de que la “cadena” de hoteles donde nos hospedaban a la prensa extranjera, todos eran expropiados y a ellos llegaban buses llenos de abuelitas que disfrutaban gratuitamente de 3 días y 2 noches “todo incluido” gracias a la generosidad del “comandante”, al cual veneraban. Eran los mejores años de la “revolución” bolivariana.

En otra ocasión que visitamos una marina, los yates de lujo tenían sellos de clausura equivalentes a los del SRI de Ecuador. Pero uno de ellos encendió motores y pregunté quién lo manejaba: “Algún compañero bolivariano por sus servicios a la patria, debe haber sido premiado y autorizado a usar estos bienes expropiados a la oligarquía”.

A finales del correísmo me informaron que tenían listo el acuerdo para parodiar el modelo de turismo venezolano y empezar con las expropiaciones de hoteles ubicados en sitios de paisajismo excepcional, pero no se atrevieron debido al desgaste político que implicó el fin de la fiesta “ciudadana”, a causa de la caída de los precios del petróleo en el 2014 que nos golpeó fuerte en el 2017.

El discurso “revolucionario” camufla el robo generalizado y descarado que se da a todo nivel en Venezuela, por parte de fuerzas armadas que no pueden prescindir de Maduro para aparentar ser una democracia, que nunca fue desde que Chávez llegó al poder y convirtió a la mayoría de uniformados, en asaltantes, sicarios, traficantes, que hoy conforman diferentes y gigantescos carteles fuertemente armados y autofinanciados, que de caer Maduro, trasladarán sus actividades criminales al resto de Sudamérica.

Publicado en El Comercio.

Guido Calderon

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