La guía definitiva de las mejores islas griegas: desde las grandes Santorini, Creta y Rodas hasta las joyas ocultas de Astipalea y Tenos.
Grecia es la cuna de nuestra civilización, el lugar que inspiró grandes obras de arte… y también inspira nuestras ansias viajeras. Pero con más de 200 islas entre las que elegir, organizar el viaje puede convertirse en una tarea titánica. ¿Cuáles son las mejores islas griegas? Rachel Howard, viajera habitual del archipiélago, nos revela en cuáles debemos desembarcar en 2024.
En esta lista hemos colocado por orden las mejores islas griegas, del 1 al 31. Si bien todas nos encantan y recomendamos encarecidamente que las visites, hemos querido organizarlo de esta forma para que, si este es tu primer viaje a una de estas mágicas islas o quieres salirte de los viajes de playa más clásicos, tengas más fácil seleccionar un formato que te venga bien. El orden de la lista refleja las opiniones personales de los editores sobre los paisajes, la gastronomía, las playas, los hoteles y otros elementos.
Ideal para: los fotógrafos en busca de una línea de costa peculiar y llamativa.
Todo el mundo conoce a la Venus de Milo (conservada en el Louvre desde el siglo XIX), pero hasta hace muy poco casi nadie conocía Milo, la isla volcánica en la que se descubrió esa bella representación de Afrodita. Los que conocen los secretos de la isla los guardan con celo, en especial sus 70 (o más) playas; sin duda, la línea de costa más sorprendente y diversa de todas las islas griegas.
Poco a poco, el público está descubriendo las maravillas de Milo. Instagram está lleno de fotografías sin filtro de los acantilados blancos que serpentean la línea de Sarakiniko, el estanque verde esmeralda de Papafragas y los coloridos y desvencijados syrmata, pequeñas casas flotantes encajadas entre la roca y el mar (un consejo: las mejores fotos se sacan en Klima y Mandrakia).
Este pintoresco escenario ha tomado forma gracias a los minerales que llevan mucho siendo fuente de riqueza: obsidiana, alumbre, barita y azufre, que aún bulle en los muchos baños termales de la isla. A medida que la industria minera de 11.000 años de antigüedad da paso poco a poco a la del turismo, han ido apareciendo varios hoteles de lujo. El momento de ir es ahora, antes de que el goteo de turistas se convierta en un tsunami.
Ideal para: codearse con los artistas.
Cuando el coleccionista de arte más famoso de Grecia, Dakis Joannou, está en Hidra, se sabe. Su yate, Culpable, tiene una pintura de “camuflaje” estridente, obra de Jeff Koons. Cada verano, Joannou invita a peces gordos como Matthew Barney y David Shringley para crear instalaciones artísticas en el antiguo matadero de la isla. Hasta el colegio cede su espacio para exposiciones de arte durante las vacaciones de verano.
Desenfadada y protegida por una orden de conservación, Hidra siempre ha sido la isla musa de los artistas. Leonard Cohen inició la tendencia en los 60 y ahora Brice Marden, Sadie Coles y Juergen Teller tienen una residencia aquí. Los artistas atenienses buscan plaza en la Escuela de Bellas Artes, una de las enormes mansiones de piedra gris con vistas al puerto en forma de herradura. Músicos de todo tipo ensayan y graban en Old Carpet Factory, una casa del siglo XVIII cuyos techos de doble altura y depósito de agua subterráneo crean una acústica espectacular.
A menos de dos horas de Atenas, Hidra se llena de la jet set griega los fines de semana. Vienen aquí a desconectar y relajarse, pero también para hacer vida social. La zona de costa es en la que se concentra la crème de la crème. ¡Mira! Ahí está Olivia Palermo en The Pirate Bar y Chloë Sevigny pavoneándose en el chiringuito Hydronetta. ¿Qué más da que apenas tenga playas? Siempre puedes buscar una roca bañada por el sol desde la que zambullirte a las aguas más limpias del mundo.
Ideal para: los gourmets en busca de festines griegos.
Sifnos le debe su reputación gourmet a su habitante más famoso, Nicholas Tselementes, que escribió el primer libro de cocina griega en 1910. Olvídate del souvlaki y la moussaka: los buñuelos de garbanzo y las alcaparras estofadas son clásicos en las tabernas griegas. La isla está salpicada de talleres de alfarería que fabrican las cazuelas de barro en las que se preparan el revitháda (garbanzos asados) y mastello (cordero con vino tinto y eneldo). To Meraki tou Manoli, una institución local escondida en la bahía de Vathy, prepara platos tradicionales a fuego lento en un horno de leña (cuando estés ahí, invierte en una cubertería para toda la vida de la alfarería Atsonios, que lleva abierta desde 1870).
En el pueblo de postal de Artemonas, todos los caminos llevan a Thedorou, proveedores de nougat con galleta de oblea y otros dulces de almendra desde 1933. Puedes comer en bikini en Omega 3, donde dan a los ingredientes locales, ya sean vegetales o animales, un toque exótico: tempura de rabas, anguila ahumada en gazpacho de melón con wasabi y sorbete de garbanzos con mermelada de albaricoque salvaje y piñones.
En 2020, el antiguo chef de Omega 3, el energético Giorgos Samiolis, abrió Cantina, un restaurante igual de experimental en Seralia, una pequeña y bonita bahía bajo la hermosa ciudad medieval de Kastro. Las langostas se cogen directamente del mar en Heronissos y se sirven con espagueti a las finas hierbas, en un equilibrio perfecto entre lujo sin pretensiones y la naturalidad más auténtica. Un poco como le pasa a la misma Sifnos.
Ideal para: recién casados y quienes visitan Grecia por primera vez.
Las parejas recién casadas de chinos y americanos hacen cola para sacarse selfies dándose arrumacos con el atardecer de Santorini de fondo. Puede sonar a cliché, pero la imagen del sol hundiéndose en la caldera volcánica sumergida sigue siendo arrebatadora. Hubo una erupción en el corazón de Santorini hace 3.500 años y dejó como vestigio playas de arena negra, acantilados de vértigo plagados de color y las leyendas de Atlantis, el continente hundido.
La erupción tuvo otro efecto: el de enterrar la antigua ciudad de Acrotiri bajo capas de ceniza y crear un terreno fértil idóneo para las uvas assyrtiko y los vinos vin santo (puedes probarlos en las bodegas de Domaine Sigalas y Vassaltis, acompañados de platos tan delicados que sientes cómo las uvas cantan en tu boca).
Aparte del viaje en barco al cráter humeante de Nea Kameni y los baños termales de Palea Kameni, no hay mucho que hacer aparte de contemplar las vistas arrebatadoras desde la suite, a vista de pájaro al borde de la caldera. La mayoría de alojamientos se concentran en Oia e Imerovigli, pero el pueblo de Pyrgos está en alza, así que no lo descartes como posibilidad. Tómate un bellini al atardecer en el bar Franco’s o cena en el restaurante Botargo, con mientras disfrutas de unas vistas arrebatadoras.
Emporio es un pueblo más pequeño y aún más bonito, con unos pocos Airbnbs y cafeterías tradicionales. Para conocer Santorini cuando no está repleta de cruceros e instagramers, explora el sur de la isla, mucho más tranquilo. Eso sí, recuerda no compartir tus descubrimientos y guarda los secretos que encuentres.
Ideal para: los amantes de la cultura y los viajes en temporada baja más selectos.
En Siros, capital de las Cícladas, no encontrarás casitas encaladas y coquetas callejuelas. La colorida ciudad decimonónica de Ermúpoli corona dos picos: uno de tradición ortodoxa y otro de tradición católica, vestigio de la larga ocupación veneciana de la zona.
Ermúpoli tiene un innegable aire italiano, con sus plazas de mármol, mansiones regias y el teatro municipal Apolo, modelado a partir del teatro milanés La Scala y que representa el corazón del prestigioso panorama cultural de la isla. Siros celebra festivales de animación, danza, arte digital, cine, música clásica y rembetiko, el blues griego que popularizó el músico local Markos Vamvakaris. En Ano Syra, la parte alta de la ciudad, unos pocos locales de rembetiko resisten al paso de tiempo.
Siros, que una vez fue el astillero más importante de Grecia, aún cuenta con un varadero en Neorion, pero el legado más espléndido de la industria marítima son las mansiones de Vaporia y Poseidonia. Las playas no son tan espectaculares, con la honrosa excepción de las de Delfini, Varvarousa y Aetos en la zona asilvestrada del norte, pero lo que sí abundan son maravillosas tabernas: Ambela para los que buscan el pescado más fresco; Iliovasilema, en la playa de Galissas, ofrece platos increíbles como la ensalada de romero marino con erizo de mar o su sopa de sebastes; o Allou Yallou, en el precioso pueblo costero de Kini, el sitio perfecto para comer langosta con orzo.
En Ermúpoli, los sitios más lujosos para comer y beber algo están en la calle Androu: Ousyra, donde el chef sirve pasta a la griega y ensaladas equilibradas y deliciosas, y Django Gelato, donde el helado de castañas tostadas y el sorbete de higo se agotan a la media hora. Tal vez el restaurante más bonito sea Mazi, con su patio cubierto de hiedra engalanado de buganvilla. No puedes irte sin aprovisionarte de delicias turcas y queso San Michalis de la tienda de delicatessen Prekas y sin comprarte unas gafas de sol de madera hechas a mano en Zeyelo.
Ideal para: los que buscan autenticidad y un toque bohemio.
La plaza del pueblo debería ser la primera parada obligatoria en cualquier isla griega: te sientas en tu cafetería favorita, te enteras de los últimos cotilleos y te ajustas al lánguido ritmo de vida. En Folegandros esto tiene sus dificultades: la capital al filo de un acantilado, Chora, no tiene una sino tres plazas, todas rebosantes de un revoltijo de cafeterías, tabernas y diminutos bares de raki. Pounta es muy recomendable: el danés que lo regenta fabrica (y vende) los boles y tazas desparejados en los que sirve el café y el yogur griego.
De Chora surge una escalinata zigzagueante hasta arriba, arriba, arriba, hasta llegar al único monumento de la isla, la iglesia de Panagia. Te recomendamos que hagas la ruta al amanecer (si el madrugón te tira para atrás, recuerda que solo es madrugón si te acuestas, así que una opción es pasar toda la noche de fiesta en el minúsculo bar Astarti).
Folegandros («duro como el hierro» en griego antiguo) es tan árida como su nombre indica. Para proteger los árboles frutales, se amontonan piedras en su base. Aquí no encontrarás playas paradisíacas con hileras de hamacas, solo ensenadas pedregosas y limpias, como Katergo, Ambeli y Livadaki. Encajada entre las rocas que se ciernen sobre la bahía de Agios Nikolaos, Papalagi sirve enormes langostinos y pulpo entero a la parrilla en una terraza de madera con vistas al horizonte.
Los taxis marítimos prestan sus servicios a algunas de las islas durante la temporada alta; de lo contrario, solo te queda recorrer los senderos rocosos hasta el agua para refrescarte. Si pasas por Ano Meria, para en Mimis o Synantisi y prueba la especialidad local, la matsata (un estofado de paletilla o conejo con pasta casera).
Ideal para: disfrutar de los monumentos, las experiencias de aventura y días soleados todo el año.
La mayor de las islas griegas y el lugar de nacimiento de Zeus, Creta lo tiene todo: ruinas antiguas, picos montañosos cubiertos de nieve y playas para aburrir. El sol está garantizado prácticamente todo el año, pero pasear y hacer turismo tiene un encanto especial en primavera.
El palacio minoico de Cnosos es glorioso, aunque el interminable goteo de excursiones de turistas le quita un poco de encanto (un consejo: ve a primera hora, a las 8 de la mañana, que es cuando abre), pero hay otros enclaves históricos menos conocidos y absolutamente arrebatadores, como Aptera y Malia, por toda la isla.
Los dieciséis kilómetros de longitud del desfiladero de Samaria siempre está a rebosar de peregrinos, pero hay otros 50 cañones que pueden explorarse, y a menudo solo los compartimos con las esquivas kri-kri (cabras salvajes). Una de las rutas de senderismo más impresionantes atraviesa el desfiladero de Aradena por la región agreste y accidentada de Sfakia y termina en Marmara, una prístina ensenada en el mar Libio, donde podrás darte un chapuzón refrescante y almorzar en una de las mejores tabernas de Creta, Dialiskari.
A excepción de Elounda, un enclave ostentoso popular entre la jet set, la costa noreste ha recibido el castigo de la explotación urbanística. Si quieres vivir la experiencia auténtica de los pueblos rodeados de campos de olivos y naranjos, dirígete al oeste, al valle de Amari o a Apokoronas, o al sur, donde están las mejores playas de Creta. ¿Nuestra recomendación? Ligres, Sougia y Kedrodassos.
Otra opción es hacer un retiro en la naturaleza en Milia, un caserío del siglo XVII que utiliza íntegramente energía solar. Todas las opciones del menú utilizan solo ingredientes cultivados, pescados o criados de manera local. De hecho, es casi imposible comer mal en Creta, ya que produce increíbles quesos, mieles y aceite de oliva, así como platos de paletilla, conejo o cerdo asado.
El tiempo parece detenerse en los pueblos de montaña, donde lugareños de bigotes poblados te dan la bienvenida con unos chupitos de raki para desayunar o celebran el santo de alguien con una salva de disparos al aire. Hasta los carteles de tráfico están llenos de agujeros de bala.
Ideal para: disfrutar de paisajes peculiares y exuberantes.
Corfú es la reina del baile de las islas jónicas. Su capital, ciudad cosmopolita donde las haya, es un encantador batiburrillo de influencias coloniales venecianas, británicas y francesas. La noche ideal en la ciudad empieza con unos cócteles en la calle Liston (una columnata hecha a imagen de la rue de Rivoli de París), seguida por una cena en Salto, un bistro sin pretensiones a las afueras del casco antiguo.
Con sus pueblecitos de colores pastel, sus vibrantes campos de olivos e imponentes mansiones, el resto de la isla recuerda a la Toscana, pero con la ventaja extra de contar con algunas de las mejores playas de Europa. Los más avispados se alojan en la costa noreste de Corfú (apodada Kensington-on-Sea, “el Kensington de costa”), uno de los lugares favoritos de la jet set británica. El cercano Agni, un pequeño pueblo pesquero con tres tabernas rivales (la mejor es Toula), está repleto de familias ricas y lanchas.
Desde este lugar puedes alquilar un barco y adentrarte en una ensenada, por ejemplo, Nissaki, Agios Stefanos o Kerasia, o aventurarte en el corazón de la isla hasta Ambelonas, una encantadora escuela de hostelería con bodega y restaurante que se especializa en platos locales atípicos, como el cerdo asado con membrillo o la crème brûlée con kumquats de la isla. No te recomendamos acercarte al sur, sobre todo a Kavos, a menos que busques atracciones turísticas más zafias.
Ideal para: quienes buscan idílicas playas de arena.
Los pobladores de Naxos hicieron, en su tiempo, una fortuna considerable con la exportación de patatas, queso, mármol y esmeril, abandonando las tierras estériles de la costa, al considerarlas poco productivas, en favor de sus hijos más vagos. Irónicamente, cuando los turistas desembarcaron en la isla en tropel, estos holgazanes se vieron de pronto colmados de riquezas.
La costa oeste de Naxos está bordeada de kilómetros y kilómetros de arena fina. Agios Prokopios y Agia Anna harán las delicias de niños y adolescentes con sus aguas poco profundas y sus chiringuitos de playa. A medida que te adentras hacia el sur, las playas se ensanchan: puedes recorrer las dunas de Plaka a caballo, hacer windsurf o kitesurf en Mikri Vigla o disfrutar del agua cristalina de Kastraki.
Si te cansas de la costa, puedes explorar las docenas de pueblecitos tranquilos o las tres titánicas estatuas de kuros escondidas en las colinas. Prueba el kitron, un licor de pomelo típico de la zona, en la destilería Vallindras de Halki o el vino casero y el queso arsenikó a la sombra de los plataneros del pueblo Ano Potamia. Normal que Heródoto hablara de Naxos como “la más feliz de las islas”.
Ideal para: familias en busca de unas vacaciones relajantes.
Escoger a Penélope Cruz para hacer el papel de una campesina griega es una decisión arriesgada; filmar una película sobre la Segunda Guerra Mundial en una isla arrasada por un terremoto en 1953, directamente loco. Y sin embargo La mandolina de capitán Corelli puso el foco en la hasta entonces desconocida Cefalonia en 2001. Sus impresionantes paisajes cumplen las expectativas: la blanca playa de Myrtos, la gran atracción de la isla; la playa de Horgota, bordeada de pinos, y las alturas de vértigo del monte Ainos, un parque nacional por el que deambulan los gamos y los caballos salvajes.
La empresa Outdoor Kefalonia organiza safaris en coche muy recomendables, si es que tienes el estómago fuerte para aguantar las curvas muy cerradas de las carreteras serpenteantes. Sorprendentemente, los dos pueblos costeros más bonitos, Assos y Fiskardo, no tienen la fama que merecen, pero los visitantes más selectos sí han descubierto su fotogénica belleza. Todo el mundo, desde John Galliano a Jon Bon Jovi, se ha lanzado a la costa para probar la pasta marinera del Tassia, en Fiskardo, acompañado de un vino robola o muscat de la zona (recomendamos el muscat orgánico del siglo XIX del Haritatos Estate de ixouri, un lugar encantador para una cata de vino).
La costa rocosa que rodea Fiskardo está deliciosamente limpia, así que podrás hacer esnórquel en los pueblecitos de Dafnoudi o de Emblissi, flanqueados de afloramientos de piedra caliza que le dan al agua un tono azul eléctrico.
Ideal para: amantes del senderismo y de las playas salvajes.
Dividida por cuatro cadenas montañosas, Andros parece más bien varias islas en una. Los frondosos valles, ríos cantarines, pueblecitos encantadores y playas silvestres azotadas por el viento están conectados por una red muy bien mantenida de senderos, lo que la convierte en un excelente destino de temporada baja.
Muchas de las dinastías navieras más poderosas de Grecia levan anclas desde Andros, ya que la han llenado de espléndidas propiedades, magníficos museos y una elegante capital neoclásica. Las calles forradas de mármol de Chora están llenas de tesoros sorprendentes: un pequeño cine al aire libre con clásicos en blanco y negro, un antiguo matadero que sirve magníficas pizzas y cócteles, vestidos y sandalias sublimes en la boutique Waikiki.
En el interior puedes explorar monasterios fortificados, gélidas cascadas y magníficas tabernas de la granja a la mesa como Kossis, en Ano Fellos; Gefsis me Thea, en Livadia, y Tou Josef en Pitrofos. Mención aparte merecen las fantásticas playas: desde las espectaculares bahías de arena de Zorkos, Vitali y Vori en la costa norte a los apacibles chiringuitos de Apothikes y Chrissi Ammos, pasando por las vistas del atardecer y la taberna de pescado old school de Agia Marina, hay opciones de sobra dependiendo de lo que te apetezca en el momento. Podrías pasarte semanas enteras en Andros y aún te quedarían cosas por descubrir.
Ideal para: naturalistas y puristas.
Serifos es el exitazo de las Cíclades que nadie se vio venir: un lugar de retiro veraniego para interioristas y arquitectos que prefieren playas de arena más privadas (hay una mujer francesa en concreto que protege su rinconcito de la isla con tanto celo que le cuenta a todos sus amigos que veranea en la vecina Sifnos). Hasta en agosto, lo más alto de la temporada alta, se pueden encontrar ensenadas tan íntimas que podrás bañarte sin ropa sin que nadie te descubra.
Esto se debe a que las mejores playas (Kalo Ambeli, Vagia o Skala) solo son accesibles por unos truculentos caminos sin asfaltar o por senderos silvestres. Otra opción aún mejor es alquilar una lancha motora del tranquilo puerto de Livada. No te olvides de atracar frente a la taberna de Anna en la playa de Sikamia para disfrutar de su pescado fresco y sus ensaladas con ingredientes del huerto de la finca.
En la empinada cresta de Chora apenas hay vida nocturna, tiendas de lujo u hoteles elegantes, pero no los echarás de menos cuando te tumbes a la bartola con un pastel de hinojo y una copa de raki en Stou Stratou, cuando compres la preciosa cerámica minimalista de Natassa Kalogeropoulou en Kerameio o mientras escuchas a los paisanos griegos charlando en el anfiteatro al aire libre. Y todo esto a solo tres horas de Atenas.
Ideal para: fiestas de puro lujo y hoteles de cinco estrellas.
Mykonos tenía locales de ambiente y fiestas hasta el amanecer antes de que se inventaran las raves. Su encanto bohemio no se ha desvanecido desde la década de los 60, aunque las playas una vez vírgenes ahora rebosan salones de manicura, entrenadores personales y música electrónica zumbando a todas horas. El vaivén de supermodelos y yates de lujo ha conllevado una nueva ola de hoteles y restaurantes a la última.
El lugar más popular para presumir de abdominales es Scorpios, un chiringuito de aire liberal capaz de hacer sombra a los garitos más exclusivos de Ibiza (puedes reservar una cabaña aquí para ver el atardecer). Para la fiesta no hay más opción que Astra, donde podrías encontrarte con Keith Richards charlando con Karolina Kurkova. Ya no es un destino tan importante para la comunidad LGTB, pero aún hay grupos de drag queens y culturistas aceitados que gustan de darse un chapuzón en Jackie O con vistas a la playa del hotel Super Paradise.
Si tanto exceso y opulencia no es de tu gusto, haz una escapadita a la taberna Fokos para unas ensaladas de superalimentos o unas chuletas de cordero, o a Kiki’s, un asador poco conocido con vistas a la bahía de Agios Sostis, donde hasta Naomi Campbell tiene que esperar para que le den mesa. También puedes coger un crucero hasta la islita de Delos, un santuario arqueológico a la que una vez acudieron hasta 30.000 devotos del Dios Sol (el templo está dedicado a Apolo, el dios griego de la luz).
Ideal para: unas vacaciones en la playa con niños o adolescentes.
Zacinto, o Zante, se ha deshecho de su reputación de destino de juerguistas (si quieres evitar este tipo de entretenimiento, no te acerques a Lagana ni a la zona urbanizada de la costa sur) y se ha ganado la de ser la isla más verde de Grecia. No es solo por las colinas esmeraldinas que se alzan contra el azul eléctrico del mar Jónico; gran parte de la costa sur es una reserva natural en la que las tortugas bobas, en peligro de extinción, salen del cascarón. Estas zonas tienen el acceso restringido, pero hay infinidad de ensenadas teñidas de cualquier tono de azul o verde imaginable.
Nuestras favoritas son la pequeña Xigia, con sus burbujeantes aguas termales sumergidas, y la escapada Porto Limnionas, con tumbonas encajadas entre las rocas y las sombrillas de paja colocadas estratégicamente entre los pinos. Skinari es el punto de salida de muchos viajes en barco a los monumentos más famosos, las Cuevas Azules y Bahía Navagio (también llamada Shipwreck, “naufragio”), donde un oxidado transatlántico varado oscila contra los blancos acantilados. Desde Keri puedes hacerte a la mar hacia la isla Marathonisi, otro santuario de tortugas.
El interior montañoso, plagado de tranquilos pueblecitos de piedra sobresaliendo en los bosques de pinos, es ideal para hacer rutas en bicicleta y senderismo (Eco Zante puede organizar actividades al aire libre con guías nativos). El Parque de Piedra de Askos es un santuario de vida natural poblado de ciervos, chinchillas y docenas de otras especies. Después de explorar el castillo veneciano en lo alto del puerto, invita a tus niños a unas pizzas de masa fina (con ingredientes al gusto adulto, como bresaola, berenjena y queso gorgonzola) en Alesta, en la preciosa plaza de San Marcos.
Ideal para: los amantes de los espacios abiertos y el mar azul.
Llegar a Amorgos no es en absoluto sencillo. En un temporal, los ferris rápidos se quedan en tierra y las embarcaciones lentas tardan hasta ocho horas en completar el trayecto desde Atenas. Al desembarcar en Katapola, un pequeño y tranquilo puerto plagado de pequeñas tabernas (nuestras favoritas son Prekas y To Mouragio), te saluda un cartel que dice: “Bienvenido a Amorgos. Nadie te encontrará aquí”.
Ese es justo el encanto de Amorgos. Esta escarpada isla de las Cícladas siempre ha atraído a los lobos solitarios, los senderistas, los buceadores y los peregrinos que suben a trompicones por el acantilado hasta el monasterio de Hozoviotissa, una pequeña mancha blanca suspendida a 300 metros sobre el mar. En esta costa el agua despliega una infinidad de tonos de azul y a la vez es tan cristalina que puedes ver a los erizos de mar agazapados entre las rocas. Hasta los senderos perfumados de salvia se llaman Caminos Azules, porque mires en la dirección que mires se ve el azul infinito del cielo y el mar.
Con una población de menos de 2.000 habitantes, los lugareños están en inferioridad numérica en comparación con las cabras greñudas, que, en ese entorno natural, están en su elemento. Pero no hace falta ser un ermitaño para disfrutar de Amorgos: hay multitud de bares en los que se reúnen los fans de la isla verano tras verano: Jazzmin, en Chora, para unas partidas de backgammon y unos cócteles; Pergalidi, en Langada, para disfrutar del jazz y las infusiones de hierbas; Seladi, en Tholaria, con unas vistas de vértigo y un telescopio para observar las estrellas.
Ideal para: quienes buscan un equilibrio perfecto entre aislamiento y sofisticación.
Paxos es un ejemplo perfecto de que los mejores perfumes se guardan en frascos pequeños, no por sus hoteles de cinco estrellas (porque no hay casi ninguno) ni por sus playas de arena (por lo mismo), sino por su mar de un azul profundo y sus tres encantadores pueblecitos portuarios, cada uno más bonito que el anterior, hasta el punto de no poder elegir un favorito. En el tranquilo Loggos, en la costa noreste, las noches se pasan en la terraza con vistas al mar del bar Taxidi, donde el dueño, Spiros, organiza jam sessions con los músicos locales bajo un cielo cuajado de estrellas.
También puedes pasarte los días a la bartola en los cafés a pie de playa de Lakka, viendo a los ágiles navegantes faenando en sus yates. A resguardo del viento pero en pleno centro de la vida social, el puerto principal de Gaios tiene una característica arquitectura veneciana y una amplia población de sofisticados italianos, propietarios de las villas de piedra pálida escondidas en el boscoso interior o en la cima de los acantilados de piedra caliza de la costa oeste.
Para los muchos fans británicos de Paxos, todos los caminos llevan al Ben’s Bar, un garito alegre y fresco en la playa Monodendri, donde puedes holgazanear bajo los olivos con una torrija y una piña colada. No dejes de alquilar una lancha motora para recorrer la costa hasta ensenadas pedregosas como Mamari o Kipiadi, o para llegar hasta Antipaxos, una isla aún más pequeña que causa furor entre los privilegiados que se acercan en yate: los caminos que culebrean entre los viñedos y huertos de árboles frutales bajan hasta bahías con un mar tan limpio que no parece real.
Ideal para: marineros, surferos y amantes de las playas.
Lefkada es una anomalía en toda la lista que hemos presentado. A diferencia de otras islas Jónicas, es accesible desde tierra a través de una carretera elevada en la punta noreste. La capital de Lefkada, que quedó derruida tras un terremoto en los años 50, no tiene una belleza arrebatadora, pero sí la tienen las famosas playas bordeadas de acantilados, Egremni y Porto Katsiki.
Mires donde mires encontrarás playas resguardadas del viento, pero si has venido para domar las olas, la costa sur es ideal para el windsurf (dirígete a Vassiliki o Sivota, donde se celebran los campeonatos mundiales de windsurf) y la bahía de Agios Ioannis está a rebosar de aficionados del kitesurf.
En Nidri, ignora los tugurios y los centros de deportes acuáticos y súbete a un barco para explorar los islotes vecinos. Podrás nadar por las cuevas de Kalamos, comer espeto de atún con tarama en la taberna Errikos de Meganisi, que causa furor entre los billonarios más discretos. También podrás ver el atardecer con un mastika aromatizado con albahaca con tónica en Mylos, un molino reconvertido en bar en Kastos.
Si buscas un ambiente más fresco o apartado de los turistas de verano, atraviesa los bosques de avellanos y pinos hacia el interior montañoso de Lefkada y explora los tranquilos pueblos de Karya (hogar de un encantador museo de textil), Eglouvi (ideal para jugar al backgammon a la sombra de los plataneros) y Exanthia (para ver cómo se pone el sol sobre las nubes en el restaurante Rachi). Podrías incluso ver a los aventureros lanzándose en parapente desde la montaña.
Ideal para: vivir un retiro mitológico para parejas o exploradores.
A pesar de la leyenda que la rodea, la tierra del protagonista de la Odisea de Homero es bastante poco conocida. Las calas de turquesa y esmeralda de Ítaca son populares entre los amantes de la vela, pero pocos visitantes se aventuran en las colinas boscosas, así que no es descabellado ser la única persona explorando las ruinas del siglo VIII a. C. del palacio de Odiseo, o recorriendo el embriagador sendero hasta la iglesia de Anogi, cubierta de frescos bizantinos (puedes coger la llave en la cafetería del pueblo; aprovecha para pedir a la dueña que te cocine algo, tal vez una ensalada de tomate, un queso local o paletilla a la brasa, con ingredientes de su huerta o de los campos de los vecinos).
Hay un sendero de bajada de lo más emocionante de Anogi a Kioni, el diminuto puerto donde podrás encontrar la cafetería perfecta junto al puerto, Spavento. Ve a cualquier hora del día o de la noche para disfrutar de sus helados, cócteles y de un hilo musical que hace que te cante el corazón. Las tabernas junto al mar en el tranquilo puerto de pesca de Frikes son siempre una delicia, especialmente Ageri.
La resguardada ciudad portuaria de Vathy no es mucho más animada, pero el Mylos Bar tiene una energía deliciosamente pícara. Casi todas las playas son pequeñas y pedregosas, pero el mar es tan transparente y fresco como un gintonic. La pequeña y abrupta Ítaca, tan auténtica, tan inmaculada y tan difícil de alcanzar (para bien o para mal), es un lugar idóneo para perderse.
Ideal para: quienes buscan una experiencia tradicional.
Tenos tiene más de 50 pueblos, todos dignos competidores al título de más bonito de la isla. En Pyrgos, famoso por su artesanía en mármol, hay pájaros esculpidos y flores decorando todas las entradas. En Volax, los cesteros se sientan fuera de esas enormes rocas, que podría haber arrojado un enfurecido Zeus contra la tierra en un ataque de rabia, en las que han esculpido sus encantadoras casitas.
Hay hasta un pueblo llamado “amor”, Agapi, donde puedes hincharte a buñuelos de hinojo salvaje en la única taberna del lugar. Tenos se toma la gastronomía muy en serio: hay festivales de la alcachofa, la alcaparra y la miel. Marathia inauguró el panorama de comida directa de la granja (o el bote de pesca) a la mesa, elevando la complejidad de los ingredientes para crear platos más elaborados y modernos.
Para una comida perfecta en el escenario perfecto, prueba el risotto de sepia y el pulpo caramelizado en mosto de Thalassaki, servido en el muelle con vistas a la playa de Isternia; después tómate algo en Exomeria bar mientras contemplas el sol hundiéndose en el horizonte.
Tenos está solo a 15 minutos de Mykonos, así que es sorprendente que no esté invadida de turistas. Eso sí, el 15 de agosto el puerto se llena de peregrinos ortodoxos que vienen a besar los iconos religiosos del monasterio de Panagia Evangelistria, uno de los lugares más sagrados de Grecia. Por lo demás, la isla está milagrosamente virgen. Las capillas aisladas y los caprichosos palomares salpican las laderas cubiertas de tomillo, que bajan hasta playas de arena azotadas por los vientos etesios. Hay un panorama surfero en alza en la bahía de Kolibithra, donde se ha convertido una furgoneta camper en un encantador chiringuito.
Ideal para: los amantes de las casitas con un encanto único.
Patmos tiene algo que solo se puede describir como je ne sais quoi: una cualidad indescriptible que irradia de la joya de la corona, el monasterio medieval de San Juan. La fortaleza cubierta de torretas, a rebosar de reliquias bizantinas, recibe su nombre de Juan de Patmos, que recibió sus visiones apocalípticas en una cueva de la zona.
La blanquísima Chora, considerada patrimonio de la humanidad, es el lugar al que la crème de la crème y los expertos en moda acuden en sus visitas. Los muros altos y los portones esconden magníficas mansiones que datan del siglo XVI. La influencia religiosa de la zona ha mantenido la vida nocturna a raya; si quieres codearte con la jet set, lo mejor es que te vayas a Astivi o Stoa, dos bares de una elegancia discreta en la pequeña plaza Agia Lesvias de Chora.
El ambiente playero es relajado y más bien lánguido: nuestros lugares favoritos son Psili Ammos y Livadi Geranou. Es esencial hacer una reserva en Benetos, para probar la cocina fusión mediterránea y asiática con productos de granja orgánica, o en Lampi, si te apetece tomarte un pescado a la parrilla en una playa de guijarros purpúreos.
Llegar a Patmos requiere determinación: no tiene aeropuerto y desde Atenas son nueve horas en ferry, lo que mantiene a las hoi polloi (las masas) alejadas de la isla. Los verdaderos lobos solitarios se suben a un barco de pesca que va de Patmos a Marathi (una isla de solo doce habitantes) para vivir la experiencia de náufrago en Pantelis, una taberna divina que alquila habitaciones modestas.
Ideal para: viajar atrás en el tiempo.
Cuando el escritor Lawrence Durrell llegó a Rodas tras la Segunda Guerra Mundial, se encontró con una isla devastada por siglos de cruzadas e invasiones. Igual que el Coloso caído, era “una Rodas rota en mil pedazos deseosa de reconstruirse”. Desde entonces, Rodas se ha reinventado como uno de los mejores destinos vacacionales de Grecia.
La mayor atracción es la ciudadela medieval en la ciudad de Rodas: si paseas junto a las almenaras verás iglesias bizantinas, ruinas romanas, sinagogas y minaretes. Busca en el laberinto de callejuelas el Marco Polo, una casa de invitados del siglo XV decorada como el harén de un general otomano, con un encantador restaurante en el jardín.
Los hoteles más caros se apiñan en torno a Lindos, con su magnífica acrópolis rodeada de acantilados de pizarra y cuevas verde esmeralda. Haz una visita para disfrutar de las vistas… y del espectacular ragú de pulpo del restaurante Mavrikos.
A medida que te diriges al sur, los resorts de lujo son sustituidos por playas de arena dorada, como Glystra, Tsambika y Fourni. En el interior, encontrarás bosques alpinos (en el monte Attavyros), castillos en lo alto de las colinas (en Monolithos), frescos desvaídos (en Agios Nikolaos Foundoukli) y ruinas antiguas (en Kamiros). En la punta sureste de la isla, la arenosa península de Prasonisi se adentra en el lugar en que el mar Egeo y el Mediterráneo se unen. Un lado es tranquilo, el otro agitado: una metáfora perfecta de esta isla dividida.
Ideal para: los enamorados de las calas íntimas y las fotos de postal del puerto.
La pequeña Symi tiene el puerto más bonito de toda Grecia. A medida que rodeas el cabo, las mansiones neoclásicas que exhiben todos los tonos de albaricoque y melocotón emergen como un espejismo de mar. Construida en el siglo XIX por comerciantes de esponjas y especias, la ciudad entera es ahora un monumento nacional. Para explorarla, necesitarás unas piernas fuertes, aunque no un coche, porque la subida hasta a acrópolis en ruinas es de unos 500 escalones.
La única carretera digna de tal nombre desaparece antes del monasterio de Panormitis, un lugar de peregrinaje muy importante. Las increíbles playas, como la de Ayios Yorgos Disalonas (enmarcada por unos titánicos acantilados) y Marathounda (plagada de cabras que intentarán robarte el almuerzo) solo son accesibles a pie o en barco. En las escarpadas tierras del interior se esconden más de cien monasterios entre los bosques de pinos y cipreses.
Con su glamour relajado, relucientes aguas y un microclima casi tropical, Symi causa furor entre los visitantes franceses e italianos que llegan con sus yates. Podrás verlos comiendo gambitas fritas, una especialidad de la zona, en la sensacional taberna de Tholos, donde la calidad de la comida compite con las vistas del puerto por la atención de los visitantes.
Ideal para: escapar de las multitudes.
A pesar de su acceso sorprendentemente fácil (desde Atenas salen vuelos diarios de solo una hora de duración), Astipalea representa un estilo de vida más pausado, amable y en contacto con la naturaleza. Los miradores de cada una de las colinas broncíneas ofrecen diferentes perspectivas de Chora, desde el castillo veneciano en lo alto hasta la costa de Skala; en la ciudad, el aroma de las galletas de azafrán cubre las calles encaladas. Recogida bajo las almenaras, el bar Castro tiene una terraza de fantasía que parece flotar sobre el archipiélago.
La playa más cercana es la de Livadi, una especie de resort rodeado de campos de árboles frutales. El resto de la isla es abrupto y asilvestrado. Los caminitos traicioneros serpentean hasta las bahías de guijarros como la de Vatses, con un chiringuito espectacular, y Kaminakia, donde la taberna con producto de producción local de Linda sirve la mejor paletilla de todo el Dodecaneso.
Si buscas verdadera soledad, alquila una lancha motora en Maltezana, un pueblecito pesquero tradicional, y dirigirte a Koutsomiti y Kounoupes, pequeñas islitas conectadas por la playa. En Vathy hay una laguna con grafiti eróticos de 2.500 años de antigüedad grabados en la roca, y su única taberna, Galini («paz»), que es un resumen perfecto de la esencia de Astipalea.
Ideal para: tumbarse en la arena con un buen libro.
Skiathos será la isla más pequeña de las Espóradas, que cuentan entre sus miembros la tranquila Alonnisos y la hermosa Skopelos, en la que se rodó Mamma Mia!, pero también es con diferencia la más popular, especialmente para familias, que acuden a sus playas de arena sedosa y energía tranquila. La isla tiene algunas de las mejores playas de Grecia, entre las que destacan Koukounaries, en la zona sur, enmarcada por los árboles verdes y las aguas turquesas; es una de las más celebradas, y también una de las más visitadas (olvídate de conseguir una tumbona aquí en temporada alta).
Las playas del norte de la isla, que solo son accesibles tras recorrer en coche las abruptas y serpenteantes carreteras que hacen zigzag entre las pinedas, son más salvajes pero no por ello menos idílicas: llegar a la playa de Elia, con sus aguas transparentes y su taberna de madera desgastada por el salitre, es como entrar en el mismísimo cielo.
Cuando el sol se oculta, la vida nocturna de la ciudad comienza a animarse, con casi toda la acción concentrada en la calle Papadiamantis, la zona comercial. Recórrela para mirar escaparates de joyas artesanales y otras chucherías de camino a la cena, o compra unas delicatessen locales de la lujosa tienda de Ergon, que tiene franquicias en Atenas, Thessaloniki y Mayfair.
Los restaurantes más concurridos se apiñan en el puerto; Bourtzi, en la cima de una islita rocosa, es el mejor sitio para unos cócteles vespertinos, y The Windmill, para una cena de postín. Para las vistas más encantadoras, dirígete a Sklithri y reserva una mesa en la taberna a pie de playa. Pídete una cerveza Mythos bien fría, queso feta al horno y un plato de verduras a la parrilla deliciosas y disfruta del atardecer en el Egeo con los pies en la arena.
Ideal para: autenticidad sin aspavientos todo el año.
Aunque no es lo habitual de Grecia, Egina es una isla que merece la pena visitar en cualquier momento del año. A solo una hora en ferry de El Pireo, este modesto puerto (que durante un breve tiempo fue la primera capital de la Grecia moderna) tiene un encanto muy acogedor: los atenienses vienen aquí de escapada para disfrutar de sus excelentes ouzeris junto al mar, entre las que destaca Skotadis, en el puerto. Los clasicistas vienen para explorar las antigüedades portuarias de Kolona, el templo en lo alto de una colina de Afaya (que se dice que fue la plantilla para el Partenón) y las fantasmagóricas capillas bizantinas de Paleochora.
Los extranjeros más astutos se han hecho con propiedades de Pachia Rachi, un pueblo de piedra con vistas sensacionales del estrecho hasta el Peloponeso. La familia Dumas, herederos de la fortuna Hermès, llevan décadas pasando aquí sus veranos con mucha discreción. Con su luz delicada y sus paisajes suaves, Egina siempre ha sido una musa para artistas y escritores griegos, incluido el prolífico pintor Nikos Nikolaou, cuyo antiguo hogar y estudio se ha convertido ahora en una encantadora casa de invitados y museo (abierto los sábados con cita previa). Gracias a una comunidad muy unida de lugareños, atenienses de escapada y emigrantes cosmopolitas, siempre hay algo interesante que hacer: música en directo en el bar Proka o Il Posto, un acogedor restaurante italiano en el pueblo de Kypseli; una exposición en la torre de Markellos, del siglo XVII, o un retiro para escribir y dedicarte a la cerámica en Oikia Karapanou, una de las muchas casas solariegas en distintos estados de desgaste y reparaciones esparcidas por la isla.
Lo único que le falta a Egina son playas magníficas, y puede que esto haya sido lo que haya salvado esta isla tan accesible del desarrollo descontrolado. Este lugar no depende de los turistas extranjeros, y en parte eso es lo que le da encanto.
Ideal para: fantasear con estar en una isla desierta y nadar en cuevas.
Michael Anastassiades, Lynda Benglis, Savvas Laz, Silvia y Nicoletta Fiorucci… Es impresionante el número de artistas, diseñadores y mecenas que veranean en la pequeña Kastelórizo. Con menos de 13 kilómetros cuadrados y ni 500 habitantes, este trocito de tierra bañada por el sol está a poco más de una milla náutica de la costa anatolia de Turquía; puedes navegar hasta la ciudad de Kaş para comer kofta y dar una vuelta por el mercadillo y volver a tiempo para tomarte una copa en Faros, un local abierto todo el día (y la noche) en el viejo faro junto a la mezquita. Su combinación de influencias levantinas atraen a un público culturalmente curioso a este remoto destino del Egeo.
Kastelórizo, en su momento una economía marítima boyante, fue bombardeada durante la Segunda Guerra Mundial y después, prácticamente abandonada. Poco a poco se está dando una nueva vida a las preciosas casas de los comerciantes de esponjas y especias, en vibrantes tonos de turquesa y terracota, convirtiéndolo en residencias de artistas (como el 4Rooms de Fiorucci) o en encantadoras casas de invitados como Casa Mediterraneo. Puedes darte un chapuzón en el puerto saltando directamente de la terraza de Mediterraneo y codearte con las tortugas que nadan junto a los coloridos botes pesqueros.
No hay mucho que hacer más allá de la franja de costa conocida como kordoni, o cordón: algo de esnórquel, nadar en las cuevas, ver a los barcos, pasear por los caminos de cabras, cenar con calma unas cebollas rellenas bajo los árboles llenos de luces de Ta Platania o puede que algo de yoga en plena naturaleza en el islote de Ro, aún más pequeño. Grecia en estado puro.
Ideal para: una escapada cool a la vez que relajada.
Esta pequeña isla cuenta con un ambiente sorprendentemente moderno escondido entre sus colinas bajas y sus calas poco profundas. La mayor parte de la acción se concentra en la zona junto al coqueto puerto, donde la vida se desarrolla entre cafeterías frente al mar y el animado paseo que conduce hasta la plaza. Con cada temporada van surgiendo más y más restaurantes (Yam, Lollo’s) y boutiques (More Than This, Zali) de lujo junto a garitos clásicos como Doors y Lucky Luke. Al atardecer, todos los caminos conducen, como no podía ser de otra manera al bar Sunset (‘puesta de sol’), donde puedes tomar un spritz; y en plena noche, el lugar al que se dirige la muchedumbre es la legendaria discoteca La Luna, donde tanto la decoración como la música siguen encajadas en los 70 y los 80.
De día el ambiente es mucho más tranquilo, tomando un brunch en el Cafe Margarita o el Time Marine de Psaralyki, una de las muchas playas estrechas y poco profundas en la línea sur de la costa. Más allá de las modestas casitas cuadradas del pueblo hay docenas de estupendas villas diseñadas por arquitectos muy demandados. Las propiedades más elegantes están repartidas por las bahías de Soros y Agios Georgios, donde también encontrarás dos de las mejores tabernas de la isla, Peramataki y Captain Pipinos. Esta última está a un corto trayecto en barca o en kayak de la isla Despotikó, donde las cabras deambulan por el santuario semiexcavado de Apolo. La belleza de Antíparos reside en que nada está a más de diez minutos de distancia, y al cabo de un par de días será como si llevaras aquí toda la vida, cruzándote con las mismas (y atractivas) caras en todas partes. Y si esta familiaridad te agobia, súbete al ferry y ve a Paros, a siete minutos de distancia, para disfrutar del kite surfing, el windsurfing, una buena cena o una ruta escénica de pueblo en pueblo.
Ideal para: hacer amigos y disfrutar de largas playas.
Aunque Paros ya no es el secreto bien guardado que era hace unos años, sigue siendo una de las islas griegas más tranquilas, que frecuentan sobre todo viajeros itinerantes, griegos de vacaciones y aquellos visitantes con ganas de conocer la Grecia más auténtica.
El ritmo de esta isla es, en general, mucho más apacible que el de sus vecinas. Sus pueblos, repartidos por su variado relieve, están llenos de restaurantes en los que comer al aire libre y preciosas boutiques de artesanía, aunque muchos de ellos son principalmente peatonales.
Pese a que la isla se ha ido preparando progresivamente para el turismo, en parte gracias a los nuevos hoteles de lujo que han ido surgiendo a lo largo de la costa, sigue siendo algo relativamente reciente. Lo bueno de esto es que la mayor parte de la zona es más tranquila, más rural y, lo más interesante, más barata.
Para los viajeros que tengan ganas de cambiar de aires después de tantos veranos en Santorini o de apartarse de las multitudes de Mykonos, Paros es el destino ideal. Con su encantadora mezcla de preciosos pueblos, largas playas y bellísimas calas, monasterios antiguos y rebaños de cabras, tiene el equilibrio perfecto entre buena hospitalidad, ambiente informal y naturaleza.
Ideal para: disfrutar de una arquitectura única y de la buena energía.
A esta isla del Dodecaneso se la lleva pasando mucho tiempo por alto a causa de su historia escabrosa: base naval italiana entre 1912 y 1943 y, más adelante, ubicación de un notorio psiquiátrico… Y es gracias a eso que Leros es lo que es hoy. El vasto puerto natural de Lakki (una excelente marina para veleros) aún carga con las surrealistas señas del racionalismo fascista, un espejismo art déco parecido a una versión desteñida de Miami pero en el Mediterráneo. Las coloridas casas neoclásicas de Agia Marina y Platanos transmiten una sensación más hogareña, salpicadas de atractivas reposterías, tiendas de antigüedades y bed and breakfast.
Los savants italianos y los turcos con yate han descubierto Leros por una muy buena razón: Mylos by the Sea, que bien podría ser el mejor restaurante de marisco de Grecia, con una ubicación tremendamente romántica con vistas a un molino de viento que sobresale del mar. Los amantes de los atardeceres se reúnen en Harris Bar, otro molino ubicado entre el castillo medieval de Panagia y la playa de guijarros de Panteli. La mayoría de playas de Leros serán pequeñas y abruptas, pero el agua reluce y no faltan los chiringuitos relajados como Zephyros y Lime. Dado que los restaurantes están sobre todo enfocados a un público griego, la gastronomía es auténtica a la vez que económica: la taberna Thea Artemis en la agradable bahía de Blefouti, Lyxnari en Lakki y el local de souvlaki de culto Yparxo de Platanos son algunos de los puntos favoritos de los lugareños. Aunque tiene un pequeño aeropuerto con vuelos nacionales, aquí no encontrarás ni vuelos desde el extranjero ni grandes resorts de marca; en su lugar, tienes negocios familiares de casas de invitados, llenas de carácter, en las que te sientes más como un amigo de visita que como un cliente.
Ideal para: conocer pueblos encantadores y escalar.
La última isla en incorporarse a esta lista siempre se ha resistido a transformarse en destino turístico como tantas otras islas del país. Kálimnos queda demasiado lejos de los centros de actividad de Grecia como para atraer a los viajeros más casuales. El ferry no pasaba a menudo, el viaje era demasiado largo y el terreno montañoso no permitía la construcción de un aeropuerto. Mientras Kálimnos permanecía solitaria y apacible, la vecina Cos, mucho más llana, atrajo toda la atención. Aún hoy es mucho más probable llegar hasta Kálimnos desde Cos, pero hay un nicho viajero muy concreto que sí acude a caso hecho a esta remota isla. En 1996, o eso se dice, un escalador italiano que llegó a Kálimnos quedó cautivado por los abruptos acantilados de piedra caliza. Volvió al año siguiente a establecer las primeras rutas, convirtiendo este lugar en un destino de escalada internacional. Hoy, con más de 4.000 rutas de distintos niveles, tiene fama mundial entre escaladores. Por otra parte, la mayoría de la isla tiene una mezcla de parajes naturales, pueblos encantadores y calas resguardadas que la hacen perfecta para ir a nadar o simplemente para pasear en busca de unos deliciosos loukoumades de manzana.
Ideal para: unas vacaciones familiares en un ambiente intelectual.
Si no fuera por Sotirios Anargyros, Spetses podría ser tan árida como su vecina más bohemia, Hidra. A principios del siglo XX, después de hacer una fortuna con el tabaco, Anargyros compró grandes extensiones de la isla y plantó miles de pinos, además de fundar el famoso internado (cuyos jardines son un lugar magnífico para un paseo vespertino) que inspiraron a cierto profesor inglés a escribir El Mago y de construir el Poseidonion, un magnífico hotel frente al puerto que ha vuelto a su anterior gloria con una renovación (y no hay mejor lugar para una copa de aperitivo).
Desde las mansiones llenas de reliquias familiares de fortunas mercantiles a los carruajes de caballos y elegantes yates, el lugar grita “familias de dinero” en cada rincón. Pero también hay diversión para los plebeyos: bares en los que pasar la noche (como Bikini o el retro-cool Bar Spetsa), dos cines de verano, estilosas boutiques ( The Closet, donde los gatos que tienen en plantilla son la atracción principal) y restaurantes caros (Patralis y Tarsanas compiten por ver quién tiene la mejor sopa de pescado).
En verano, Spetses es un lugar en el que socializar, ver y dejarse ver. Pero esta isla es preciosa en temporada baja, cuando puedes hacer senderismo por las verdes colinas o pedalear por los caminos de costa que rodean la isla (hay hasta una Tweed Run en octubre). Compacta, cuidada y fácilmente accesible desde Atenas (dos o tres horas en catamarán): Spetses es un favorito de todos los públicos y temporadas.
Publicado en CONDÉ NAST TRAVELER.
Ciudad de México a 15 de abril de 2026.- El fervor por el futbol también…
El futuro de la política es femenino: Evelyn Sánchez encabeza el ranking que revela a…
RX México ha lanzado oficialmente NOW!, una innovadora plataforma digital diseñada para revolucionar la experiencia…
Taxco resplandece con la XI edición del Festival Internacional de Cine de Taxco. La ciudad…
EcoPark Hostería, un destino vibrante en Ecuador, se prepara para lanzar nuevos materiales promocionales, incluyendo…
Real, Muy Antigua, Ilustre y Fervorosa Hermandad y Cofradía de Nazarenos del Santo Entierro en…