Los pigmeos de Camerún

Andrés Alonso. 19.03.2018

Los pigmeos, -cuya palabra significa “de pequeño tamaño”- son los pobladores originales de la selva, hombres de metro y medio que siempre han vivido en contacto con la naturaleza. Según el Grupo Internacional de Trabajo sobre Asuntos Indígenas, alrededor de 60.000 pigmeos se reparten entre la República Democrática del Congo, el norte de Gabón, República Centroafricana y Camerún. En el sur de éste último país se estima que viven en sus selvas unos 5.000 pigmeos baka..

En un reciente viaje al país Centroafricano tuvimos la oportunidad de acercarnos a conocer un  poblado de  esta etnia, situado en las proximidades de la población de Namikundi. Para llegar hasta allí tuvimos que navegar en piragua por el río Cobe, que desemboca en unas cataratas, únicas en el mundo, que vierten sus aguas al mar directamente. Estas  cataratas están declaradas Patrimonio de la Humanidad.

En cada campamento viven entre 15 y 20 familias, en mungúlus, chozas construidas con hojas y troncos de palmera de una sola puerta por donde entra la única fuente de luz natural, y una sola habitación donde hacen vida. En esta estancia habitan todos los miembros de la familia.

Los pigmeos baka  siempre ha sido un pueblo nómada, dedicado a la caza y a la recolección, que han vivido en plena comunión con la naturaleza. Son conocedores de la selva y se desplazan por ella como nadie. Por diversas circunstancias como la explotación maderera, la instalación de empresas y la creación de parques naturales en la zona, hace unos 60 años sufrieron un proceso de sedentarización.

En la actualidad, los pigmeos se dedican a la recolección. La caza se ha visto reducida a animales pequeños ya que se considera una práctica ilegal por el gobierno para proteger las reservas naturales. Si, estos primeros habitantes de la selva se han visto obligados a dejar de ser cazadores-recolectores seminómadas y asentarse en poblados.  Ahora sin selva, sin medios de subsistencia y en muchos casos alcoholizados, los miembros de este pueblo han caído en una inacción y desidia que les están llevando a la extinción.

El poblado que nosotros visitamos en Namikumbi,  ha quedado reducido a una atracción turística. La aldea está entre la plantación de Socapalm y el río Lobé. Para llegar a él tuvimos que cruzar el río en canoa y volver bajando el caudaloso cauce, hasta cerca de la desembocadura de este, donde se ha construido un puente. Allí un gran cartel anuncia circuitos de turismo sostenible para visitar a los pigmeos. El letrero dice que se trata de un proyecto que es parte de las Acciones de colaboración para Proyectos de Turismo sostenible (COAST, por sus siglas en inglés) que fue creado por el Fondo para el Medio Ambiente Mundial (FMAM) y financiado por el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (UNEP), la Organización de las Naciones Unidas para el Desarrollo Industrial (ONUDI) y la Organización Mundial del Turismo (OMT). Además cuenta con el apoyo del Ministerio de Turismo de Camerún y, junto a la orilla del río, otro cartel invita a respetar la cultura pigmea y, entre otras cosas, su desnudez. Este último también indica que el proyecto está catalogado por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) como una iniciativa para el mantenimiento de la diversidad cultural.

Bajo el puente, varios jóvenes con varias barcas de madera a motor esperan jugando al parchís a que lleguen los clientes. Los visitantes pueden pagar unos 15.000 francos cfa. (23 euros) cada uno al bantú que los lleva desde el puente en canoa por el río hasta el poblado. Pero este último solo deja en el pueblo 30.000 francos cfa (unos 46 euros). “El dinero se reparte entre dos cajas: una para los hombres y otra para las mujeres. Se utiliza para comprar comida y ropa”, explican a la vez, que, aclaran que  el alcohol no lo compran los pigmeos, sino que se lo traen los turistas.

En la zona varias empresas chinas están construyendo una autovía  para unir el nuevo puerto de Kribi con el de Duala y dejando a un lado la enorme planta embotelladora de agua que gestiona otra compañía del mismo país.

 

Las autoridades turísticas que nos acompañaron en la expedición nos advirtieron previamente que a los nativos no se les paga “porque no saben qué hacer con el dinero”, por lo que les llevamos sacos de arroz o sal, que son los productos más demandados por ellos.

Nada más llegar al poblado se produce la primera sorpresa, dado que su estatura es más elevada de la que creíamos. Su puesta en escena a la llegada de los visitantes denota que están preparados para este tipo de eventos. Rápidamente se prepara el escenario. Los niños y sus abuelas, sentados en un árbol a modo de banco dejándose fotografiar, mientras ellos interpretan diversos cantos y bailes  tradicionales. En la zona vive una tribu de 600 personas, repartidas en cuatro pueblos. Hablan su propio dialecto. El jefe,  Bikovo Henne, que acudió a recibirnos, nos aclaró que solamente un niño del poblado cruzar todos los dais en canoa el río para ir a la escuela. “Los niños quieren hacen lo mismo que sus padres, no quieren ir a la escuela”, nos dice, mientras señala que, hace unos años, una ONG les construyó una  cabaña con una sala grande para educarlos, pero, se cayó y no se volvió a reconstruir, con lo que los pequeños no reciben ningún tipo de enseñanza.

Lo primero que llama la atención en el poblado es la falta de limpieza, con la existencia de numerosos envases, entre los que predominan unos sobres de plástico de wiski. ”No les importa el medio ambiente, ni se preocupan de recoger las basuras, ya que como son nómadas están pensando en marcharse a otro sitio”, aclara el jefe.

El  abuso del alcohol se ha convertido hoy en día en la principal lacra social. A veces, los habitantes próximos pagan los trabajos hechos por los pigmeos baka con esta bebida. Hombres y mujeres, no hay distinción de sexos en el consumo de alcohol. Cada día los alrededores del campamento se llenan de los restos de pequeñas bolsas de plástico llamadas kitokos. Se venden a un precio muy bajo y contiene todo tipo de bebidas alcohólicas.

El futuro de los pigmeos es incierto, ante la pérdida de las selvas donde vivían. A finales del año 2016 el escritor, activista, bloguero y africanista Chema Caballero y la ONGD “Zerca y Lejos” publicaron conjuntamente el libro “Edjengui se ha dormido. Del victimismo al activismo de los pigmeos bakas”. En este libro se denuncia la sistemática violación de Derechos Humanos que sufren estas poblaciones en el sur de Camerún por parte de las etnias mayoritarias y de las compañías internacionales.

 

 

Fuente: Andrés Alonso