La nueva Moscú se muestra orgullosa de arriba abajo

Nueva, arriba, abajo… Vayamos por partes. Moscú es, desde luego, antigua. Ya en el siglo VI era lugar de paso de los eslavos, antepasados de los rusos, luego llegaron los varegos (vikingos) y más tarde los mongoles y los boyardos. Ya en el siglo XII (1.156) se construyó en madera el primer kremlin de Moscú. Pero el verdadero auge de la ciudad no llegó hasta Iván III el Grande y, sobre todo, de su hijo, el célebre Iván IV el Terrible que extendió el país desde los Urales hasta Siberia. La historia de Moscú siguió forjándose en los siglos siguientes de forma un tanto turbulenta. Revueltas, la llegada de los Romanov, zares, Pedro el Grande y Catalina la Grande, Nicolás II, guerras y revoluciones, Lenin, Stalin, Gorbachov… y Putin, claro.

De todos esos años, Moscú, que resistió a Napoleón y a Hitler, ha conservado grandes monumentos que hoy forman parte de ese arriba, que mencionábamos al principio y cuyo eje central es, sin duda, la Plaza Roja. Sus 500 metros de largo están marcados por las murallas del Kremlin a un lado y los gigantescos almacenes GUM, el mayor y más lujoso centro comercial de Rusia, al otro. Cierra uno de los lados estrechos el Museo de Historia, que contribuye con su fachada de ladrillo, como el muro del Kremlin, al nombre de la plaza, y el otro la espectacular catedral de San Basilio que con sus coloristas cúpulas se ha convertido en el mejor icono de la ciudad. Fue encargada por Iván el Terrible al arquitecto Postnik Yakovlev que en mala hora aceptó el encargo. Según se dice, Iván quedó tan impresionado por la belleza de su obra que lo mandó cegar para que nunca pudiera volver a crear un edificio de tanta hermosura. Cosas como estas justifican el apodo de Terrible que tenía Iván… y esto fue antes de que matara a su propio hijo en un ataque de cólera, tal como muestra el magnífico cuadro de Iliá Repin en la espectacular Galería Tretiakov que reúne la mejor colección de arte ruso del mundo.

El muro del Kremlin está interrumpido por el mausoleo de Lenin, que lleva allí impoluto embalsamado desde su muerte en 1924. Aunque el proceso fue revolucionario en su época y consiguió un resultado perfecto, hoy algunos dicen que, aunque se le inyectan periódicamente fluidos especiales, parte del cuerpo es de cera, cosa que las autoridades se apresuran a desmentir. En todo caso el ceremonial que le acompañó durante décadas desapareció en 1993, y un solitario soldado contempla aburrido las interminables colas de turistas. Por cierto, se dice que pronto será trasladado y enterrado en otro lugar. ¿De qué nos suena eso…?

De ese pasado moscovita queda mucho que ver, como el Teatro Bolshói, la Armería Estatal, Kolómenskoye, Kuskovo, la mencionada Galería Tretiakov o el Museo Pushkin de Bellas Artes, entre otras cosas. Vale la pena detenerse en la Catedral del Cristo Salvador, el templo principal de Rusia. La catedral tuvo un trágico destino, pues durante el régimen de Stalin fue destruida, ya que su lugar iba a ser ocupado por el Palacio de los Soviéticos, un descomunal edificio de 415 metros de altura coronado por una estatua de Lenin de 100 metros de altura, y en la cabeza de la cual, Stalin instalaría su despacho. El Palacio de los Soviéticos debía convertirse así en el edificio más alto del mundo y simbolizar el triunfo absoluto del comunismo soviético sobre el capitalismo. Aunque las obras llegaron a iniciarse, la llegada de la Segunda Guerra Mundial evitó su construcción. En la década de los 90 se construyó de nuevo la catedral siguiendo los planos originales.